INFORMACIÓN EXCLUSIVA PARA LOS PROFESIONALES DE LA SALUD


Bases emocionales de los trastornos procreativos en la vida de la mujer

Periodicidad: mensual
Editor: Alberto Kably Ambe
Abreviatura: Ginecol Obstet Mex
ISSN: 0300-9041
ISSNe: 2594-2034
Indizada en: PubMed, SciELO, Índice Médico Latinoamericano, LILACS, Medline.

Bases emocionales de los trastornos procreativos en la vida de la mujer*

Emotional bases of procreative disorders in the woman´s life.

Ginecol Obstet Mex | 1 de Enero de 2009

Ginecol Obstet Mex 2009;77(1):34-41


Dr. Santiago Ramírez1

* Leído por Invitación, en la Asociación Mexicana de Ginecología y Obstetricia. 
1 El autor, Médico Mexicano, ha sido graduado en el Instituto
Psicoanalítico de Buenos Aires y en la actualidad pugna por estructurar la Escuela Psicoanalista Mexicana. 


Lamentaría que el título de esta plá-tica excediera en mucho los límites y alcances de la misma; sin embargo, pien­so que así será. La vida procreativa de la mujer ocupa un lugar tan importante en su psiquismo que sin lugar a dudas al hablar de "trastornos emocionales vincu­lados con la procreación" tendríamos que desarrollar todas aquellas otras áreas de la vida psíquica femenina que no pueden deslindarse ni separarse de la procreación. La menstruación, el embarazo, la posibi­lidad de goce sexual, el parto, la lactan­cia, los trastornos y reacciones psíquicas vinculadas a la involución, etc., no forman entidades separadas y netamente delinea­das, constituyen una totalidad que sola­mente con una metodología formal, con fines de enseñanza y de estudio, aceptan la separación y el aislamiento. 

Mi fin al exponer ante un grupo de ginecólogos los resultados de la experien­cia analítica, es tratar de lograr del es­tudio de la mujer una totalidad psicoló­gica y somática. Considero que muchas de las incomprensiones en el estudio de la vida procreativa de la mujer son resul­tado del crecimiento de investigaciones elaboradas en áreas distintas y que, re­cíprocamente, en lugar de fundirse, cho­can y antagonizan, más por la actitud de los investigadores que por los hallazgos o entidades descubiertas en cada una de ellas. 

En este trabajo primeramente trataré de abordar un tópico de interés tanto pa­ra psiquiatras como para ginecólogos, a saber: las motivaciones psicológicas de la incomprensión recíproca de ambas áreas. 

La filosofía de la enseñanza médica, en la mayor parte de las escuelas de medi­cina del mundo ha sido, hasta el pre­sente, el crear en el médico la imagen de una estructura corporal y de un indivi­duo desligado de los factores emocionales en que se desarrolla. Kubie piensa que, quizá, gran parte de las dificultades que tiene el médico para ver al ser huma­no como totalidad, derivan de la circuns­tancia de que al estudiante se le enseña, muy antes de una persona, la presencia de un cadáver en cuya relación los afec­tos, las emociones, el ambiente que rodea al ser humano, etc. no se toman en cuen­ta. Esto, como es lógico, trae consigo en la mentalidad del estudiante y del futuro médico, cualesquiera que sea su especia­lidad, una manera de enfrentarse al pro­blema que los psiquiatras designamos co­mo "técnica de aislamiento". Entonces, es así como en función de esta técnica, ul­teriormente el médico aprenderá a reprimir sus emociones, sus sensaciones, sus in­tereses y su "ser humanidad" enfrente de la "propia humanidad" del paciente. Si­guiendo esta línea de conducta hasta sus últimas consecuencias dentro de la evo­lución de la medicina contemporánea, se llega a los extremos de la ultra especia­lización, en los que con frecuencia el es­pecialista ignora la totalidad del pacien­te, ya no digamos emocional sino incluso física, para concentrar su atención y es­fuerzo en el órgano enfermo, desligándo­se de la integración e individuación del paciente. 

Todos nosotros hemos aprendido en nuestras facultades la rutina de la histo­ria clínica, en la que, en la mayor parte de las ocasiones, la frase ritual que seguía a los capítulos de: Antecedentes heredi­tarios y familiares o al de Antecedentes personales no patológicos, era la de sin importancia con minúscula. En el mejor de los casos, en presencia de la historia de un ulceroso se afirmaba: tabaquismo mo­derado. O ante la de un hipertenso se po­nía el rubro de exceso de trabajo. 

La medicina que se nos ha enseñado ha desvalorizado la importancia que tie­ne el ambiente y las circunstancias vita­les en las cuales se desarrolla el ser hu­mano para una comprensión adecuada de su patología. Todavía hace 15 años, cuando se estudiaba la úlcera péptica, se le daba más valor en el interrogatorio a la temperatura de los alimentos ingeridos por el ulceroso, hablándose de úlceras pép­ticas por la ingesta de alimentos muy ca­lientes o muy fríos que a las tensiones emocionales, familiares o ambientales a las cuales se encontraba sometido el pa­ciente. 

Claro está que, por lo menos en nues­tro país, no fueron precisamente los psi­quiatras quienes se encargaron de limar este estado de cosas, muy por el contrario recluidos en sanatorios de enfermos men­tales, utilizando una terminología, la más de las veces esotérica e incomprensible, se mantenían en un aislamiento con res­pecto al resto de los campos de la medi­cina. Era así como la Psiquiatría no resul­taba sino una especialidad más, con igua­les características que el resto de la me­dicina. Porque si es poco comprensible que un ginecólogo no investigue elemen­tos ambientales en la vida de una pacien­te estéril o frígida es a todas luces im­perdonable que en las historias de esqui­zofrénicos, melancólicos y psicóticos en general, el estado de cosas no sea muy distinto. Efectivamente, hasta hace pocos años las más de las historias psiquiátricas también tenían en antecedentes las frases rituales de costumbre. El psiquiatra pro­cedía enfrente de sus pacientes de la mis­ma manera que el resto de los médicos dedicados a otras especialidades, es decir, señalaba la falta de importancia de la historia emocional y ambiental en la pa­tología de los seres sufrientes que deman­daban su ayuda. 

Considero que la actitud de rechazo del clínico y del especialista ante el psi­quiatra, en muchas ocasiones estuvo mo­tivada por los factores ya señalados. La falta de información psicológica en la en­señanza de las ciencias médicas y, en otras ocasiones, la propia conducta del psiquia­tra, que al sentirse aislado, rechazado y tratado como sujeto poco científico, em­pezó a usar en forma reactiva una termi­nología esotérica, más que como forma de comprensión del paciente como técnica de defensa ante los clínicos por los que se sentía atacado. En realidad, trataba de suplir con una terminología una actitud. 

Existen otros elementos que han hecho que este abismo se haya profundizado en el curso del tiempo. El médico general quiere trabajar con entidades valorizables y cuantificables enfrente de sus pacientes; la relación interpersonal, la manera de ser para con sus enfermos, su manera de ac­tuar a través de actitudes no ponderables nunca las ha tomado en cuenta. Siempre ha despreciado en los resultados terapéu­ticos el valor de la confianza, el apoyo, la sugestión, etc. Con mayor facilidad se inclina a considerar un resultado terapéu­tico como consecuencia de la medicación en turno que,  como consecuencia de la actitud emocional, está no en turno, sino presente desde el momento que un hom­bre se puso en contacto con otro. Es así como ante un cuadro clínico poco defi­nido: cansancio, cefalea, malestares, etc. con mayor facilidad le atribuye beneficios a la medicación estimulante o vitamínica, que a la circunstancia de haberle dado, quiéralo o no, reconózcalo o no, ayuda emocional a un ser humano. En cuántas ocasiones la medicina no es para el pa­ciente sino el índice de una comprensión y para el facultativo un recibo de hono­rarios. En cuántas medicaciones se puso una gran esperanza al principio de su ex­perimentación, para luego recibir la frus­tración de su nulidad terapéutica en tan­to droga o producto quimioterápico. Cuan­do el auge de las hormonas, en tratándose de la potencia genital masculina, cuántos resultados en la impotencia sexual no fueron atribuibles a la testosterona; cuan­do el auge de tal o cual medicación cuán­tas veces se atribuyó un resultado a la droga administrada, resultado que el tiem­po echaría abajo. 

Sin embargo, cabe preguntarnos qué es lo que existe en el paciente y qué lo que existe en el médico, qué hace que un me­dicamento farmacológicamente no eficaz dé resultados en el primero y que el se­gundo atribuya a propiedades no presen­tes en la medicación un resultado evi­dente. 

El paciente es una totalidad, con en­fermedades y esperanzas, con ilusiones y malestares, que al acercarse al facultativo exhibe no solamente sus males y dolencias sino que también se acerca en busca de aprobación, de consuelo y de aceptación, en cuantas ocasiones, la actitud aceptante del médico, el apoyo que le brinda la com­prensión e interés que exhibe son facto­res de indudable validez terapéutica. En cuantas ocasiones estos hechos son susceptibles de modificar una entidad nosológica, actuando el medicamento como sim­ple placebo o de la necesidad que el paciente tiene de recibir algo de la figura valorizada y de la necesidad que en sentido inverso también está presente en el médico: dar. 

El psiquismo del paciente reviste al mé­dico de condiciones y cualidades excepcio­nales. Le atribuye funciones que, en muchas ocasiones, se encuentran por encima de las capacidades reales. En muchas oca­siones la imagen que del médico tiene el paciente está muy por encima de lo que éste puede brindar. 

Al médico se le ha enseñado a va­lorar en términos de gramos, de propiedades farmacológicas, de concentraciones en sangre, etc., pero nunca en términos de ayuda emocional, de comprensión y de simpatía. En toda su formación se le ha dado muy poca importancia a la in­fluencia de los factores emocionales, del consejo, del orientar, etc. Por esto, el mé­dico tiende a desvalorizar estos factores que son los únicos capaces de explicar el común denominador de los resultados terapéuticos positivos ante el cambiante re­curso de la multiplicidad de las técnicas terapéuticas. Bleuler, hace muchos años, se­ñalaba aguda e incisivamente este proble­ma en su libro El pensamiento indiscipli­nado y autístico en la medicina

Considerar a un ser humano despro­visto de historia emocional y de antece­dentes afectivos es tanto como si un his­toriador al referirse a la Independencia de México, como proceso histórico, la consi­derara desprovista de antecedentes en el tiempo. 

Para leer la información completa, por favor descargue el archivo PDF.


Comentarios