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La membrana hialina en la muerte del recién nacido en la cesárea

Periodicidad: mensual
Editor: Alberto Kably Ambe
Abreviatura: Ginecol Obstet Mex
ISSN: 0300-9041
ISSNe: 2594-2034
Indizada en: PubMed, SciELO, Índice Médico Latinoamericano, LILACS, Medline.

La membrana hialina en la muerte del recién nacido en la cesárea*

Hyaline membrane in the death of the newborn in cesarean section.

Ginecol Obstet Mex | 1 de Julio de 2009

Ginecol Obstet Mex 2009;77(7):335-49


Dr. Jacinto Rojas Dominguez
Pediatra

Dr. Fernando Matienzo1
Tocólogo 
Tampico, Tamps


* Tema Oficial. Presentado a la IV Reunión Nacional de Ginecología y Obstetricia en representación de la “Sociedad de Gin. y Obst. de Tampico y Ciudad Madero”
1 Calle Díaz Mirón 512 Oriente, Tampico.


La historia de la antigüedad nos refiere, que los dioses mitológicos tuvieron “el parto inmaculado”, y como dice el Dr. Quecke de Marburgo: "dioses y héroes evitaron la tenebrosa angostura de la vía del parto, no rigiendo para ellos la antigua frase latina “Inter faeces et urinas nascimur.” 

Así Indra, el mayor dios de los Vedas, aunque sacrifique a su madre, se niega a salir por la vía natural y quiere hacerlo “oblícuamente de lado”. El Buda lo logra por el lado derecho de Maya, para nacer puro e inmaculado. Dionisios y Asclepios el dios de la Terapéutica, nacieron por operación cesárea, y lo mismo ocurrió con Rüstem, el héroe de la epopeya nacional persa y con el nacimiento de Wolsung, héroe Islándico.

Pero fuera de los dioses y los héroes, durante muchos siglos no parece haber preocupado a la humanidad la suerte del feto.

Es el Emperador romano, Justiniano (527-565 D. J.), el primero en Europa, de ocuparse de la vida del feto aún no dado a luz. Influido por el cristianismo, en sus “Digestos” promulga la Lex Regia, que prohíbe enterrar a una mujer que ha muerto durante el embarazo antes de extraerle el fruto por escisión del abdomen, y dice: “Quien obra en contra de esto, destruye evidentemente la esperanza de un ser viviente”. Pero como el niño no nacido no era considerado en Roma como un ser viviente y por esta razón el aborto no era castigado, el interés por la vida del feto no pasó de ser puramente teórico.

En la Edad Media la suerte del feto tiene aspectos contradictorios. La Iglesia, reconociendo el alma existente desde el momento de su concepción, despierta el interés por abrir los vientres de las embarazadas fallecidas, con el objeto de bautizar al niño. Ya en 1236, aparece el Estatuto de Canterbury que disponía: “Si muere una mujer durante el parto y se cree que el niño vive, debe ser incindido su vientre y se debe abrir su boca”. El abrir la boca a la madre era con el fin de que el niño recibiera aire, recomendación que hacia Alessandri Benedetti, de la Escuela Médica de Padua, hacia fines del siglo XV, insistiendo que, “en las cesáreas en mujeres muertas, debía ser mantenida la boca abierta, por medio de un trocito de madera puesto entre los dientes”.

El Sínodo de Trier del año de 1310, da una mayor importancia a la vida del feto y ordena: “Cuando una mujer muera durante el parto y el niño se encuentre todavía en el claustro materno, debe abrirse éste inmediatamente y bautizarse al niño en el caso de que todavía viva”. Sin embargo, en las crónicas Islándicas del año de 1345, el Obispo Jon Sigurdson dispone: “Nadie debe dudar que cuando una mujer muere con el niño, debe enterrársele como otras personas en el cementerio y no se le debe extraer la criatura o sacársela abriendo su vientre”.

Durante los siglos XVII y XVIII, dice el Dr. Quecke, imperaba la idea “de que la vida eterna del niño era más importante que la vida perdurable”. La Iglesia quería evitar que los niños sin bautizar entraran al limbo, y en un curioso tratado de “Embryología Sacra” publicado en Milán en 1751, por el clérigo Francesco Emmanuele Cangiamila, se exigía que los religiosos dominaran la técnica de la cesárea, para poder, en casos de urgencia, extraer un niño y bautizarlo.

Aun cuando fuera para procurar la felicidad eterna del feto, ya encontramos desde esta época algunas medidas para su protección, que fueron introducidas poco a poco en las legislaciones de casi todas las naciones de Europa, de las que son ejemplo: la decretada por la Corte de Viena el 2 de abril de 1757 y el Código Penal Griego del año de 1834.

Se creía, por entonces, que la supervivencia del feto era considerable, ya que la matriz por ser un órgano caliente y rico en sangre, era el último en morir. La curiosa publicación obstétrica “La Operación Cesárea en las Muertas”, de L. F. Reinhardt, aparecida en Tubingen en 1829, afirma que todavía después de 24 horas de la muerte de la madre puede lograrse la extracción de un niño vivo. Ocurría que antes de efectuar una cesárea, se acudía a todos los medios que pudieran comprobar que la madre estaba efectivamente muerta y los resultados en relación con la vida del feto no podían ser más desastrosos.

Las estadísticas hechas durante el siglo XIX, sobre intervenciones en mujeres muertas, sobre todo la de Alexander Schwarz, arrojan una mortalidad fetal de 99%. Afirma el Dr. Quecke que hasta el año de 1880, la cesárea fue considerada como una intervención punto menos que inútil, audaz y peligrosa, y en la que tanto madre como hijo estaban perdidos.

La cesárea mutilante de Porro, efectuada por primera vez el 21 de Mayo de 1876, la observación de una severa antisepsia, según los preceptos de Joseph Lister, el perfeccionamiento de la técnica operatoria ginecológica conservadora de Ferdinand Adolph Kehrer y de Max Sänger a fines del siglo XVIII, permiten presentar estadísticas ya un tanto favorables para la madre y el feto, como las de Carl Sieg-Siegmund Franz Credé, Ginecólogo de leipzig, quien en 1887, en 50 cesáreas conservadoras por el método de Sänger, tuvo una mortalidad materna de 28%, y fetal de 8%; las de Ludwig Winckel y Heinrich Wiefel de 1889, con una mortalidad materna de 45% y fetal de 50%, y la de Ettore Truzzi, de 1901, con 25 cesáreas en las que la mortalidad materna fue de 25% y la fetal de 22%.

 

Muerte fetal en las cesáreas

 

La preocupación del tocoginecólogo ante la urgencia de una intervención cesárea, no es el dilema de la vida de la madre o del hijo; el ideal, es la vida de ambos.

Aún después de la más paciente espera o de la más exigente urgencia, en la mayor parte de los casos el sufrimiento fetal es el que apremia y decide esta siempre interesante y delicada operación.

Las clínicas obstétricas estiman el éxito en lo que a intervenciones cesáreas se refiere, en el mayor porcentaje de niños vivos, ya que estadísticas recientes han venido a demostrar que la mortalidad materna es en la actualidad insignificante.

Sin embargo, la mortalidad fetal en las operaciones cesáreas no ha participado del éxito obtenido en las madres. Ya el profesor M. Edward Davis expone que: “la operación cesárea no asegura un niño vivo y que a los usuales riesgos que acosan al feto, su extracción por vía abdominal contribuye ocasionalmente a su muerte”, y J. P. Greenhill escribe: “pocos niños aparentemente sanos y a término, no sobreviven a la operación por alguna razón desconocida”.

Los cuadros 1 y 2 permiten comparar la mortalidad fetal y materna en la cesárea. 

 

Mortalidad fetal

King, en California, refiere una mortalidad fetal global de un 6.1%. Eliminando los casos de toxemia y hemorragia y considerando sólo la mortalidad fetal ocurrida en las cesáreas practicadas por el antecedente de una anterior, este porcentaje se reduce a 1.58%. El estudio de 1,887 cesáreas realizadas en el Boston Lying-in-Hospital reveló una mortalidad fetal de 15.6%, que corregida, considerando sólo los productos viables, sería de 6.8%. Potter y Adair, informan de un 8.7% en una serie de 1,462 operaciones cesáreas. La mortalidad global del Hospital General de Norfolk, en Virginia, estudiada por Andrews, Nicholls y Andrews, alcanzó un 5.8% en los casos de clientela privada y 14% en los servicios hospitalarios.

Las pérdidas fetales en 611 cesáreas practicadas en el Hospital General de Filadelfia entre los años de 1491 a 1950 alcanzaron un 14.4%.

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